viernes, 9 de febrero de 2007

Relato inacabado

Copio aquí la primera hoja de aquel relato que tenía pensado escribir para el concurso local de relatos cortos. Sólo conseguí descifrar y plasmar en el papel una parte de lo que mi cabeza quería decir (cada día me cuesta más). Espero que os guste, os lo copio con la esperanza de que, por estar colgado aquí, inacabado, me obligue a mi misma a continuarlo. Saluditos.


Se despertó desnuda. La suave brisa del mar entraba por la ventana. La luna de agosto alumbraba las últimas horas de oscuridad, esperando impaciente su agonía con la salida del sol. Las siete y cuarto.

Se sentía vacía, como la fría soledad de su almohada. Buscaba y no encontraba. Una noche más al amparo de la madrugada. No recordaba cuando se había marchado su última conquista, ni siquiera recordaba su rostro, ni el calor de sus manos. Era sólo alguien más. Su vida giraba en torno a la extraña manía de querer tenerlo todo, pero ella no era el centro. El eje central del remolino de sus días se había marchado años atrás, llevándose consigo una maleta, un billete sin vuelta y el dinero ahorrado para la nueva casa. Desde entonces, Ana vive sin saber por qué, ama sin saber a quién y camina sin saber a dónde.

Unas voces interrumpen su descanso; había quedado para comer con Julia, y el reloj hacía tiempo que había pasado por la estación de las dos en punto. Con torpeza, Ana sale de la cama, saca una bata del armario y anda hacia la puerta, con el dolor intenso que producen unas copas de más.
“Llevo cuarenta minutos esperándote en el paseo”, protesta Julia. Ana la observa, tiene en sus ojos el brillo inconfundible de eso que llaman felicidad, un vestido rojo y un anillo reluciente en su mano derecha, cual estrella presumida que hace envidiar al firmamento.
“Perdona, anoche me acosté tarde”. Ana se ducha y se arregla en lo que dura un cigarro, y se dirigen al restaurante.

Julia y Ana son amigas desde que, por circunstancias de la vida, ésta se fue a vivir a Cádiz, dejando atrás sus estudios, su familia y a su novio Miguel, al que no le quedó más remedio que resignarse a ver marchar al amor de su vida detrás de un caprichoso médico dietista. Lo dejó todo por un amor que acabó consumiéndola por dentro y por fuera, dejándola muerta en vida, sin esperanza ni ilusión por seguir adelante.

El restaurante se escondía en una de las calles que dan a la Avenida, puertas rojas y un gran letrero que rezaba los platos del día, cristales oscuros y un cartel a la entrada que anunciaba la permisión de fumar en las zonas habilitadas.
Julia pide lasaña; Ana, después de un largo rato pensando, se decide por una ensalada, a pesar de que su extrema delgadez y la tristeza de su piel rosada eran cada vez más evidentes.

Los minutos van pasando con su rapidez debida, pero para Ana se hacen interminables. Aprecia a Julia, fue una de las pocas personas que le enseñaron a vivir tan lejos de su casa, pero no es capaz de soportar la idea de que exista alguien que tenga todo lo que ella perdió, ni soporta recordar lo que era ser feliz, ahora que ella no tenía nada.
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Era una mañana más de invierno, el sonido de la lluvia la despertó de su bello sueño. Miró a su derecha y ahí estaba él, dormido plácidamente, con el edredón arrugado entre sus piernas, acurrucado en posición fetal.

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