Y, al final, termino por mimetizar los llantos bajo la lluvia. Mientras intento no agachar demasiado la cabeza, aunque pese como si toda tu inmensidad saltara sobre mí. Demasiado para mi autoestima. Demasiado para mí. Así eres.
Y desde el vacío por el que caigo, sin alcanzar la mano que no me tiendes, un grito desgarrador sale de mi impotencia, ahogado como si el día no hubiera hecho más que empezar.
Tremendo dolor el que me provoca querer, de entre todo lo que se me ofrece, lo único que creo que nunca podré tener.
Y a cada segundo sonrío para suspirar de rabia poco tiempo después. Me elevas y me aplastas. Tan inevitable como mantener intacta una fachada que pide desesperada pintura de realidad. Tan amargo como una cama helada. Como un deseo imposible que ni siquiera me atrevo a perseguir.
Resignación con la que me niego a comprometerme, aun sabiendo que ya está el veredicto dictado. Inconformismo, esa lacra que me esclaviza con grilletes de ambición, aun sabiendo que todo sería más fácil si me reconciliara con los imposibles.
Y es que si no fueras tan oscuro, cerrado e inalcanzable, bucearía entre mis dudas buscando la forma de acercarme a tu mirada. En lugar de eso, recojo mis escombros esparcidos durante el día y recorro las vías mientras el cielo se empeña en dejar caer sobre mí una desgarradora metáfora que me recuerda que, incluso sabiendo que el sol puede acabar saliendo, no parece que las nubes vayan a reducir la enorme altura que nos separa.


